Comunicación/ educación: un espacio para la generación del deseo

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En tiempos de modernidad apresurada y de verdades relativas, la comunicación es inherente a la comprensión de los sucesos socioculturales. Hoy lo aparente tiene más impacto que lo estrictamente. Quiero decir, que estamos atravesados por saberes sincrónicos, saberes innatos (en un sentido metafórico) que las necesidades impostadas por las élites quieren que entendamos, o al menos son saberes unidireccionados que tienen un fuerte dogmatismo. Son incuestionables, son porque son.

Ahora bien, no es mi intención hacer un breve análisis del discurso, tampoco ahondar en temas semiológicos, ni mucho menos en cuestiones de carácter lingüístico; simplemente deseo reflexionar sobre los procesos educativos que hay en juego en el día a día: ¿qué se nos enseña? ¿De qué manera? ¿tiene relación con nuestra propia historia? o ¿Qué relatos son los que nos configuran como sujetos? La construcción de subjetividades tiene un amplio derrotero sobre las cuestiones comunicativas: sobre lo que decimos y sobre lo que entendemos. ¿Qué se nos presenta como sentido común?   ¿Desde donde se determina que un conocimiento es válido o no?

No es una crítica al positivismo, tampoco un rechazo a la validación científica. Solo aparezco como un emergente de una sociedad que grita por emanciparse, y que grita, además, por preservar los pocos rasgos que aún quedan de producción cultural propia. Algunos se preguntarán “¿qué es lo propio?”. Quizás lo podemos descifrar desde lo externo, desde lo ajeno que se nos presenta como nuestro. Bueno, tampoco hice este escrito para develar cuestiones y/o estudios culturales.

Soy (somos) parte de ese contingente que lucha y que queda petrificado ante la marea globalizadora que ahora no sólo nos une en las redes viciosas de una economía capitalista. La globalización tiene un carácter hegemónico y opera en nuestras formas de pensar y actuar. Y como en la economía existen relaciones asimétricas y desventajosas, en el campo cultural sucede algo similar. Hoy parece vedada la multiplicidad de opiniones (conocimientos), el pensamiento (y la cultura) se rigen por lo bueno, lo malo; lo desarrollado y lo atrasado. Es la lucha entre la “pulcritud” y el “hedor”. Estamos determinados por nuestro contexto social. 

 Pero ¿por qué comunicación/ educación? Desde Héctor Schmucler a Jorge Huergo, el espacio que ocupan estos términos convergen desde lo educativo, pero también desde lo político y cultural; e intenta, a su vez, asumirse como central en la praxis de transformación de la relaciones de opresión, por la lucha de clases. Por lo tanto, la tensión está entre lo “nuestro” y la “otredad”, en el sentido de romper con lo hegemónico impulsado desde el desarrollismo europeísta y formar una realidad “latinoamericana”. Los estudios de comunicación/ educación son un intento desapegarse de una imposición cultural que viene desde tiempo de la conquista, pero ¡ojo!, que intentar contrarrestarlo es una ardua tarea que deja víctimas en el camino, es elegir lo nuestro sobre lo externo, producir cultura, o al menos descubrirla. En fin, veremos que hay varios cientistas sociales que podrán luz sobre la oscuridad.  

Justamente por eso, Intentar diferenciar y relacionar estas dos concepciones no es en absoluto innecesario, aquí la comunicación le da la norma a la educación y lo esquematiza según los contextos sociales dándole sentido a los que los forman. Lo menciono como “norma” porque es el proceso donde la educación, repito, adquiriendo un sentido autónomo y tomando un rol ideológico y circunscripto a un modelo escolar (Jesús Barbero), es inherente a una mirada totalizadora y hegemónica de la educación como un instrumento del capitalismo desarrollista (visión eurocentrista) de lo cultural. En ese sentido, se adapta la discusión y la autonomiza para darle un sentido propio y una respuesta a los modelos “ya dados” por el mundo. José Mariátegui decía: “Habría que traducir al quechua El Capital“.  

Ejemplos claros del vínculo entre la comunicación y la educación lo observamos en las experiencias insurgentes (o sociológicas) revolucionarias en lo que fueron (y aún hoy son) las radios mineras bolivianas o las radios comunitarias en territorio colombiano: una lucha paroxística entre la educación en pro del “desarrollismo” y una educación de origen popular/tradicional. Otro de los ejemplos de experiencias emancipadoras lo podemos observar en la ley de educación boliviana, “Avelino Siñani”, la cual se caracteriza por tres eje fundamentales, debiendo ser: plurinacional (respetando la diversidad de naciones indígenas en tierras bolivianas), anticolonialista (desde lo cultural, religioso  económico) y antipatriarcal.  

Pues bien, alejarnos del eje colonialista y retomar la educación como un todo totalizador que se encamine no solo desde las instituciones escolares, quizás nos genere un porte multidisciplinar a la hora de evocarlos en la práctica de educar.  Comprender que existen otros saberes y darle lugar a otras experiencias distintas a las direccionadas desde las directrices eurocentristas, nos hará comprender que el conocimiento no solo pertenece a los “intelectuales” y que estos procesos de recepción del mensaje juegan pro-positivamente en nuestra amalgama cultural. 

No sin razón varios de los representantes más importantes de las ciencias sociales que tratan estas temáticas (Paulo Freire, Jesús Barbero, Rosa Burgos, Peter Mclaren, etc.) son intelectuales abocados a los sistemas pedagógicos y refieren a la educación como un disciplinador moral de las sociedades modernas. Desde la violencia y castigos – desde una visión foucaultiana de los hechos- hasta la incumbencia que tiene a la hora de formarnos como sujetos sociales y de derecho, digitando nuestros deseos y nuestra capacidad de percepción de los contextos que nos rodean. Las significaciones no está dada solo por lo escrito y el lenguaje, en este caso, (lo escolar) involucra el uso del tiempo, la disposición de los cuerpos, las normas, el sistema de premios y castigos, etc. Stuart Hall recalca que los hombres dan sentido a su experiencia a través de los discursos que los antecede. Los hombres no pueden ser los autores colectivos de sus acciones, “somos la suma de discursos que se nos ha hecho carne”.

¿Es aquí donde comienza la comunicación a generar conflicto en término de educación? ¿Qué vínculos políticos existen entre la convergencia comunicacional-educativa en la conformación de las subjetividades de los individuos de un territorio determinado? En las bitácoras que fuimos observando y estudiando, y con el riesgo de caer en definiciones redundantes, se dilucida varios elementos imperantes: Primeramente tomamos la comunicación como un código que politiza o (la hace política) a la educación, siendo herramienta de manipulación a partir de matrices políticas impuestas desde los epicentros del capitalismo mundial. ¿Sugiere que la misma funciona como dispositivo de control social? Aunque parezca ciencia ficción y un poco tomado de los pelos, no suena descabellado pensar la educación como disciplinador sociocultural, aunque opere de manera inconsciente dentro los brazos de control estatal. Entonces, ¿el ámbito institucional (escuela) funciona como una práctica bañada de ideología como propone el filósofo estructuralista Louis Althusser

Sin recaer en paráfrasis revolucionaria, el auge del desarrollismo político que se generó en la transición de la posguerra mundial hasta la década de los 80 en América Latina, era la forma que tenían estos poderes fácticos (y concentrados) de convencer a partir de un discurso colorido y “empático” de que el continente estaba atravesado por el atraso social y tecnológico. A partir de la colocación de gobiernos títeres, la “cuestión” debía ser resuelta a partir del derrotero socio/económico que las naciones europeas o norteamericanas habían concebido en sus políticas de Estado. Sin tener en cuenta los contextos culturales de nuestras tierras, nuestras costumbre, ni nuestras creencias. Una imposición violenta de carácter colonialista, generando un nuevo paradigma cultural descontextualizado y dependiente.  

¡Volvamos a lo nuestro! El problema de la educación (en términos de institución) debe ser un temática que al menos nos debería preocupar. Allí se explayan nuestras relaciones de poder y es allí donde se reproducen los vicios del capitalismo económico: inequidad social, pobreza de masas, exclusión y violencia en alza, discriminación y casta social. Y desde mi punto de vista, un concepto clave que no podemos dejar de lado es la necesidad de poner el foco en los conocimientos volcados de manera unidireccional (educación bancaria, Paulo Freire). En ese sentido, las relaciones alumno-profesor se ven afectados por ese dinamismo verticalista y lineal, siendo casi una analogía entre norte-sur. El saber es un constructo social y únicamente cuando proviene desde el Estado tiene “validez”.

 Pero no solo es el “saber” el legitimado por las instituciones del Estado dejando desamparada la alteridad, sino que al mismo tiempo se terminan reproduciendo (casi inconscientemente) en otros estamentos sociales estas formas de interacción, alterando también las relaciones entre individuo. Y es aquí donde me gustaría destacar a varios de los cientistas sociales del bajo continente: quienes destacan a la educación como proyecto emancipador, pero que también se encasillan en la cultura como elemento preciado para la manipulación de las conciencias. Trabajar en ello nos dará un atisbo de esperanza en los procesos de descolonización. En este caso no hablamos de territorialidad sino de los elementos que colonizan nuestro propio sentido común.  

Pensar lo latinoamericano, producir conocimiento (darle importancia a lo vernáculo) y no importarlo; hablar de lo nuestro y no estudiarnos a partir de lo que otros dicen de nosotros. A muchos nos ha pasado, sobre todo en las ciencias de la comunicación, de ver el mundo con ojos de europeo. Repito, pensar lo americano, respaldarlo, generar nuestro propio camino, ni mejor ni peor, pero autónomo. Resignificar y apropiarnos del conocimiento y, de cierta manera, emanciparnos. Cuesta tomar lo local como buen producto, porque según las matrices y discursos que “tomamos” como ciertos estamos en decadencia, atrasados y somos una mala copia de nuestros “originales” del viejo continente. En medidas cuantas, lo que cohesiona a una sociedad son los discursos, las misma se ordena a partir de ellos. Cuando nos apropiamos de una “práctica” ya la estamos significando, por lo tanto, no podemos pensar (los discursos) desde fuera de la praxis.    

  En fin,  las formas de aprendizaje que se suscitaron a lo largo del siglo XX – y que seguramente más atrás en el tiempo también-, muestran esa tensión entre las “brujas” (seducción femenina del saber) y los intelectuales, entre lo ¿atrasado? y bienaventurado. Ese derrotero político que se ajustó al mensaje vía plataformas multimediáticas, dispositivos que funcionan como mediador de nuestras subjetividades (Radio, TV, cine etc.) elementos que hicieron mella en las culturas hispanoparlantes, quienes vieron en el progreso de los países centrales el punto de partida hacia la emancipación política, sin tomar nuestras propia historia como regulador sociopolítico. La oralidad comprende (lee) el mundo, en cambio la escritura lo transforma. ¿Casualidad?

 Sin embargo, nuestro problema no está solo en la educación como institución. Nuestra dependencia cultural trae aparejado otros tipos de relaciones asimétricas y de poder desigual; nuestra dependencia política/económica tiene mucho que ver en cómo nuestras subjetividades fueron tomando un camino separado de lo que nos pasa, y regido por consciencia foráneas. La construcción de un relato disociado y de carácter “cartelizador” afecta nuestra percepción de los hechos. En el pobre solo vemos, miseria, desgano, “vagancia”. Se genera una condena de orden meritocrático. “El pobre es pobre porque quiere”, hemos escuchado más de una vez decir. Hecho que imposibilita abrir nuestro abanico y ampliarlo para hacer “etnocentrismo social” y observar que distintas realidades, la cuales no sujetan a los modelos normales del capitalismo global, pueden ser reflejado en cómo lo definió la escritora y novelista nigeriana, Chimamanda Adichie, como “el peligro de una sola historia”. 

Es que la identidad (cito: “entendida independientemente del espectro que trae los discursos accesibles a los individuos) tiene  matices y  nos diferencia pesar de nuestras similitudes intrínsecas, asumiendo una naturaleza pre-discursiva fuera de toda relación con el lenguaje; y entiendo que es allí que nuestras perspectivas se tergiversan solapando y nublando la capacidad de interpelación por parte de los sectores de poder. Una interpelación que subyace cualquier elemento de realidad alterna.

Nuestras formas de socializar con nuestro entorno dependerá de la cosmovisión que tenemos de la cosas. Esa misma cosmovisión que viene masticada, ya dada. Y en esa imposibilidad de generar nuestra propia historia, sin la necesidad de modelarnos con los epicentros de poder, nos deja en un diván de eterno conflicto. Nos convertimos, entonces, en eso que dicen que somos. Terminamos por enajenarnos y realizarnos a partir de los discursos, desapegándonos de los contextos que nos atraviesan. O, ¿simplemente nos negamos a ello?

Es el hecho de pensar las prácticas sociales entendiendo a su vez que hay un otro en nuestra trama y que estamos atravesados desde una cultura que nos ampara y nos atraviesa modificando nuestras formas de pensar y sentir. Y la escolarización no se desentiende de este entramado, ya que funciona de manera pendular: puede servir para transformar la realidad o puede reafirmar pensamientos moldeados desde el poder (Burgos)

 Comunicación/ educación viene a problematizar en estos tópicos y pone en evidencia como nuestro pensar (nuestro sentido común) está influenciado por “poderes” que operan sistemáticamente en nuestra vida, en nuestro día a día; que nos interpelan y que nos terminan por formatear y aislar de nuestra propia historia. Un desarraigo cultural que favorece intereses economicista de un mundo regido por la depredación y la deshumanización. Generar un pensamiento situado, para reconocer aspectos contextuales y poder intervenir de un lado político nos hará resignificar las ideas a partir de matrices socioculturales más estables.   

 Y el problema de la “escuela”, desde una concepción positivista de su definición, ayuda a que se noten estas “controversias”. Y el surgimiento de ramas pedagógicas contestarías a las ya establecidas, sacan a relucir los profundos conflictos que existen cuando la educación está implícitamente relacionada con la escolarización (estructura que determina quien es sujeto de educación y quien no) ,  y sobre todo, cuando ese diagrama escolar viene redirigida por los Estados dependientes de los estatutos “extrínsecos” de las políticas locales, generando sujetos impregnados de cultura residual y ensalzados en ciertos regímenes de verdad que se consumen dentro de ella, legitimando un solo modo de saber.

Es una constante tensión que nos hace observar que la realidad está edificada, y que somos nosotros quienes podemos poner un freno a partir de la creación y/ generación de nuevas subjetividades (a partir de nuevos discursos que acompañe nuestra historia tradicional, popular). Las experiencias contra-hegemónicas surgidas durante estos años son la cabal muestra que hay un principio emancipador en nuestros pueblos y quizás desde los formatos educativos/ comunicativos podremos encender la mecha para lograr por fin la emancipación social y económica que tanto anhelamos.   

La alteridad no debe ser un problema si no un fin. Radios, canales, Tv, streaming, todo lo que tenga una alternancia a los grandes monopolio u oligopolios mediáticos será una herramienta de resistencia necesaria para al menos generar un debate por fuera de los discursos del status quo, poner en evidencia la existencia de una realidad distinta, hacer saber que otras verdades tienen igual de relevancia; en fin, luchar contra el sentido común, ese que no deja escudriñar sobre los hechos. Una comunicación distinta para una educación diferente. 

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